Jóvenes conectados, pero necesitados de encuentro

Por P. José Pastor Ramírez


Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, paradójicamente, nunca había sido tan urgente aprender nuevamente a encontrarnos. Uno de los aportes más valiosos de la Encíclica Magnifica Humanitas es recordar una verdad que parece evidente, pero que nuestra época corre el riesgo de olvidar: ninguna tecnología puede sustituir la experiencia de ser amado, escuchado y reconocido por otro ser humano.



La Inteligencia Artificial conversa, responde, aconseja e incluso parece comprender emociones. Sin embargo, comprender no es lo mismo que encontrarse. Y esta diferencia resulta fundamental desde la psicología y la pastoral.


Los seres humanos nacemos para vincularnos. La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby y enriquecida posteriormente por múltiples investigaciones, demuestra que nuestra salud emocional depende de relaciones significativas. Aprendemos quiénes somos a través de la mirada de otros. Construimos nuestra identidad mediante vínculos reales, no mediante simulaciones de vínculos.


Por eso la preocupación del Papa León XIV resulta particularmente relevante para el mundo juvenil. Muchos adolescentes pasan hoy más tiempo interactuando con pantallas que conversando cara a cara. Están hiperconectados digitalmente, pero con frecuencia experimentan una profunda sensación de soledad.

La paradoja es inquietante. Disponemos de más medios de comunicación que en cualquier otra época de la historia y, sin embargo, los indicadores de aislamiento emocional, ansiedad y sensación de vacío continúan creciendo en numerosos contextos.


Desde la terapia observamos que muchas dificultades actuales no tienen su origen en la falta de información, sino en la escasez de relaciones significativas. Una persona no es sana únicamente porque recibe consejos acertados. Sana cuando encuentra espacios donde puede mostrarse vulnerable sin miedo al rechazo.


La inteligencia artificial puede responder preguntas. No puede abrazar. Puede ofrecer sugerencias. No puede compartir el peso de una lágrima. Puede generar empatía simulada. No puede experimentar compasión auténtica.


La pastoral juvenil tiene aquí una oportunidad extraordinaria. Frente a una cultura marcada por la conexión digital, la Iglesia puede ofrecer comunidades donde los jóvenes experimenten pertenencia real. Espacios donde alguien recuerde su nombre, escuche su historia y valore su presencia.


Además, León XIV advierte sobre otro riesgo: la delegación progresiva del discernimiento moral. Muchos jóvenes podrían asumir que una respuesta generada por una máquina es necesariamente objetiva o verdadera. Sin embargo, toda tecnología incorpora criterios, intereses y visiones del mundo que deben ser examinados críticamente.


Educar hoy exige alfabetización digital, pero también alfabetización emocional y espiritual. Necesitamos formar jóvenes capaces de utilizar tecnologías avanzadas sin perder capacidades profundamente humanas como la escucha, la empatía, el diálogo y la amistad.


Porque la cuestión decisiva no es cuánto interactuamos. La cuestión es cuánto nos encontramos. El futuro no dependerá únicamente de la calidad de nuestras tecnologías, sino de nuestra capacidad de seguir formando personas capaces de amar, vincularse y reconocerse mutuamente como hermanos.


Y ninguna revolución tecnológica tendrá éxito si termina produciendo seres humanos cada vez más conectados a las redes, pero cada vez más desconectados de sí mismos, de los demás y de Dios.

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